Centro Cultural
Montehermoso
Kulturunea

Exposiciones


HARD. Gustavo Almarcha. Exposición

Del 30 de enero al 1 de marzo de 2015. Planta 1

Comisario: Iñaki Larrimbe

“Hard” no es una ortodoxa retrospectiva del artista Gustavo Almarcha (Miranda del Ebro, Burgos. 1953). No es una mera muestra de obras realizadas por el artista a lo largo de su vida. Ni tan siquiera las obras que podemos ver en esta exposición se exhiben en orden cronológico o temático. En “Hard” no existe un vector temporal que nos guíe. Pero, en cambio, existe un hilo conductor retrospectivo. Un duro y consistente hilo. Un hilo compuesto de un duro componente -“Hard”- más sólido que la materia: el tormento. Y así una sensación pesada de desasosiego hilvana la visualmente heterogénea obra de Almarcha. Ese hilo ha sido extraído a corte de bisturí e injertado en esta exposición. Y así, obras de diferentes etapas del artista, realizadas durante un periodo de treinta años -algunas de ellas muy dispares formalmente -, conviven entre sí, agrupándose en pequeños montajes de varias pinturas, dibujos, componiendo una suerte de mosaicos narrativos ideados de manera sincrónica, intuitiva, por Gustavo Almarcha. “Hard”, no deja de ofrecernos, por lo tanto, una relectura subjetiva de los trabajos pergeñados por el artista durante su vida creativa. En ese sentido en vez de hablar de retrospectiva, podríamos hablar de “neoperspectiva”: el creador nos presenta un ángulo nuevo –o el mismo, pero más cerrado y oscuro-, desde el que podemos otear su obra. Almarcha ha revisado su producción, ha filtrado sus trabajos, ha seleccionado algunos de ellos y los ha recolocado en la sala del centro cultural Montehermoso agrupados en pequeños conjuntos. La distancia física y temporal que el artista tiene ahora sobre sus propios trabajos -realizados algunos de ellos hace décadas -permite que este juego auto-reflexivo pueda darse. Incluso algunas obras realizadas en su día como dípticos (“Dúos que forman coros”) se han diseccionado en dos partes y se han expuesto ahora como mellizos separados en la distancia, como obras autónomas que patentizan la obsesión –siempre basada en la repetición recurrente- sobre la que podemos tomar conciencia clara del “leitmotiv” del autor.

En “Hard” podemos encontrarnos con caras deformadas por gestos desencajados pintadas de manera gestual, expresionista. Con cuerpos solitarios, deformados, encrespados. Con pinturas, dibujos, bocetos, en los que no hay espacio para la amabilidad. El horror, la angustia, el miedo, la desazón -incluso lo grotesco-  lo llena todo. 

No nos extrañemos: la historia del arte está plagada de obras tormentosas que reflejan la angustia de la existencia humana. Obras que son como un mazazo petrificado que golpea nuestra conciencia. Obras trágicas que nos revelan el lado oscuro de nuestra alma. ¿Quién no recuerda algunas espeluznantes pinturas de grandes artistas -como “El Bosco”, Goya, Munch, Bacon…- marcadas por el sello de la zozobra? 

El retrato del autor adolescente realizado por su padre, un pintor notable (Alejandro Almarcha. Madrid, 1921 - Miranda de Ebro, 2011), preside la muestra, pues de alguna manera sirve de preludio que anuncia el desazonante carácter de esta exposición. Y la paleta del propio artista acompaña a este retrato. Pues al final toda obra está compuesta de dos ingredientes: materia y humanidad. Ingredientes que en “Hard” casi se pueden mascar en el aire mientras deambulamos por la muestra.

Iñaki Larrimbe (Comisario de “Hard”). 

Inaguración: 30 de enero de 2015, 20:00h. Entrada libre

Gustavo Adolfo Almarcha

1. Gustavo Adolfo Almarcha vive y habita en la pintura. Por eso no puede hablarse aquí de método o de estilo sino más bien de épocas y territorios, de sístole y diástole.

2. El convulso panorama de los años ochenta, que vemos ahora en la distancia como un festival ruidoso, dejó constancia de una intensa actividad en la que Almarcha dice reconocerse sensitiva y generacionalmente. En esa época su obra alcanza una importante visibilidad, que le proporciona reconocimiento e impulso a su trayectoria. Quizá sea su serie “Intercolumnio”, que pudo verse en la Sala San Prudencio, de Gasteiz, en Mayo del 86, una de las más representativa de ese momento.

3. Pero los temas han sido muchos, como las épocas en las que han surgido su cuadros. Si “Intercolumnio” suponía una revisión de “lo histórico”, de la tradición y la memoria, lo doméstico y lo cotidiano (como no puede ser de otro modo en la formulación expresionista que siempre ha utilizado), pronto se convertirá en recurso habitual de su pintura.Cuadros en los que se mezclan los utensilios de pintor y las figuras, en donde la práctica de la pintura se retrata junto al disfrute de los placeres terrenales; el desorden de uno mismo como método de inspiración y como búsqueda de la pintura.

4. Existe un lugar apartado en donde este autor gusta de enfrentarse a lo infame. Seducido por Francis Bacon y su capacidad para retratar lo infrahumano, Almarcha se planta delante de los rostros, los exagera, los mutila, les otorga pesadez, los desfigura. Como en una negación del retrato y lejos de espiritualizar la figura, busca corromperla, marchitarla, hacerla repugnante. Rostros blandos que pueden estirarse, automutilaciones y autoagresiones en una sinfonía de absurdos ejercicios de dolor. Deshacer la figura quirúrgicamente se convierte en el divertimento de un laboratorio brutal y hermético al que no tenemos acceso.

5. El cuerpo central de su última obra mantiene el gusto por la expresión extrema. Los rostros y las caras, los retratos anónimos, son un campo de batalla para su pintura. Almarcha retrata un instante: textura organizada en clara pugna con el impulso gestual. Fueron cuadros dúos que se rompen ahora para esta exposición. No son dípticos porque no tienen esa intencionalidad complementaria; son dúos porque son dos voces casi al unísono que, ahora, cruzan sus gritos y atraviesan la sala.

6. En uno de los “cuadros dúos” el autor se muestra asimismo con un martillo incrustado en el cráneo. Rostro impávido y mirada dirigida al infinito (¿al espectador/a?). Es un rostro sereno, reflexivo hasta la doble conciencia, la de su dúo, porque un cuadro exacto a este reitera la mirada. No puede decirse que sea un autorretrato doblado, sino la doble negación de su retrato.
Almarcha en realidad hace sólo un cuadro, el dúo lo construye un trazo automático que no quiere ser copia. Ese otro cuadro está ahí para llevarnos directamente a la paradoja, pues lo que vemos no es una imagen, sino su cuestionamiento. Entonces, su pintura cobra sentido.

Arturo / fito Rodríguez, a partir del texto “Dúos que forman coros” para la publicación “Gustavo Almarcha. Pintura” (2002).


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